De pequeña soñaba con romperme algo o ponerme muy enferma para que así tuvieran que cuidarme.
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De pequeña fantaseaba con hacerme una maleta e irme de casa, no volver nunca y vivir otra vida.
De pequeña soñaba con que alguien descubriría cómo me trataban mis padres y me rescataría de ellos.
Soñaba con que mi familia no era mi familia y venía alguien a decirme que era un error, y me llevaban con mi verdadera familia, que sí me quería y trataba bien.
Soñaba con desaparecer y ver que mis padres se preocupaban y se sentían mal de haberme tratado tan mal.
Fantaseaba con que alguien me obligaba a contarle lo que pasaba en casa y por fin el resto del mundo sabía cómo eran.
Siempre he soñado con cómo sería mi casa ideal. Sin gritos, sin portazos. Una casa soleada y bonita donde me sentiría segura.
Donde viviría con alguien que me querría de verdad.
¿Te suena?
Un niño que se siente seguro pocas veces necesita fantasear con algo así. Puede ocurrir después de un conflicto, de un regaño o en un momento puntual, pero cuando estas fantasías aparecen de forma recurrente y elaborada, pueden estar expresando algo importante sobre cómo se está sintiendo ese niño.
Algo pasa en ese hogar. O algo no está pasando y debería pasar.
Estas fantasías infantiles pueden aparecer en niños que viven maltrato, abuso, negligencia o abandono emocional. Desde su imaginación, el niño intenta encontrar aquello que necesita y que no está encontrando en su entorno: que alguien le cuide, le proteja, le vea, le crea y le quiera.
Puede imaginar que alguien le rescata. Que descubre lo que sucede en casa. Que sus padres se dan cuenta del daño que le están haciendo. Que aparece una familia que sí le quiere. O que, simplemente, alguien se preocupa lo suficiente como para darse cuenta de que algo no va bien.
Porque las necesidades emocionales de la infancia son tan importantes como las físicas. Un niño necesita amor, reconocimiento, validación, acompañamiento y seguridad. Necesita adultos que puedan ayudarle a regular aquello que todavía no sabe regular por sí mismo.
Por eso cabe preguntarse: ¿por qué un niño tendría que soñar con ponerse enfermo para que le hagan caso? ¿Por qué necesitaría imaginar que alguien le rescata de quienes deberían protegerle y cuidarle?
Cuando fantasear es una forma de imaginar lo que debería estar ocurriendo
Desde su fantasía, ese niño puede imaginar que alguien hace justicia y finalmente ve lo que está viviendo. Pero después de esos minutos de alivio vuelve a su realidad y puede seguir esforzándose por demostrar que merece amor, intentando cuidar a quien debería cuidarle o responsabilizándose de algo que nunca debería haber recaído sobre él.
Es difícil imaginar hasta qué punto puede estar herido psicológicamente un niño que necesita construir mentalmente estas situaciones para sentirse cuidado o protegido.
Y también es importante pensar en la culpa que puede acompañar a estas fantasías y en la presión que ese niño puede llevar sobre sus hombros desde muy pequeño.
Trauma complejo y experiencias prolongadas de maltrato o negligencia
El trauma complejo no surge de la nada ni de una mala palabra o de un mal gesto aislado. Se relaciona con experiencias prolongadas y repetidas de maltrato, abuso, negligencia o abandono emocional, especialmente cuando ocurren dentro de relaciones de las que el niño depende y de las que necesita seguridad.
Estas experiencias pueden afectar profundamente al desarrollo y dejar huella en la forma en la que la persona entiende el mundo, se relaciona con los demás y se percibe a sí misma.
Por eso, cuando hablamos de trauma complejo, hablamos de heridas profundas que pueden necesitar un abordaje terapéutico especializado y minucioso.
Pero también hay algo importante: la responsabilidad de lo que ocurrió no pertenece al niño que lo sufrió.
Por suerte, con terapia es posible trabajar estas heridas y construir una relación diferente con uno mismo, con las emociones, con el cuerpo y con los demás. Reparar no significa que aquello no haya sucedido ni que deje de ser injusto que sea la persona herida quien tenga que hacerse cargo de sus consecuencias.
Significa poder recibir, ahora, parte de aquello que entonces no estuvo disponible.

