Hipervigilancia en el trauma complejo: cuando aprendes a vivir en alerta

Y acabas viviendo como si estuvieras caminando constantemente sobre una trampa de oso, intentando colocar cada paso con cuidado para no hacer nada que pueda provocar una reacción.

La hipervigilancia es uno de los síntomas que pueden aparecer en el trauma complejo. Es ese estado de alerta constante en el que una parte de ti está siempre pendiente de detectar si algo va mal o si está a punto de pasar algo.

No necesariamente estás pensando “va a pasar algo malo”. Muchas veces simplemente estás atento.

Al ritmo de las pisadas por el pasillo. Al sonido de las llaves entrando en la puerta. Al tono de voz. A una mirada. A un suspiro. A cómo alguien deja un objeto sobre la mesa.

Aprendes a detectar pequeños cambios en el ambiente porque hacerlo fue importante en algún momento. Necesitabas saber si era un buen momento para hablar, si convenía estar callado, si podías pedir algo o si era mejor esperar.

Y así, poco a poco, empiezas a organizar tu comportamiento alrededor del estado emocional de los demás.

Cuando estar pendiente de todo se convierte en normal

Lo complicado de la hipervigilancia es que puede llegar a sentirse completamente normal.

Puede ser ese pequeño sobresalto cuando escuchas abrirse una puerta. La necesidad de repasar varias veces si has hecho algo mal. Estar pendiente de si tu tono ha sonado demasiado seco, demasiado alegre o demasiado serio.

También puede ser moderar constantemente cuánto ocupas espacio: intentar no molestar, no hacer demasiado ruido, no estar demasiado contento por si irritas a alguien, pero tampoco demasiado serio por si alguien se enfada.

No necesariamente eres consciente de todo esto. Muchas veces simplemente sientes que tienes que estar atento.

Como si relajarte demasiado fuera peligroso.

Como si dejar de controlar durante un momento pudiera hacer que ocurriera algo que después tendrías que reparar.

De la infancia a las relaciones adultas

Cuando has crecido teniendo que anticipar las reacciones de las personas de las que dependías, esa forma de relacionarte con el entorno puede acompañarte hasta la edad adulta.

Y entonces puedes encontrarte haciendo algo parecido en tus relaciones: leyendo constantemente las expresiones de los demás, intentando detectar si están molestos, buscando cambios en su tono de voz o preguntándote si has hecho algo que pueda provocar rechazo.

La relación empieza a vivirse desde la anticipación en lugar de desde el disfrute.

En lugar de preguntarte “¿cómo estoy yo con esta persona?”, puedes estar demasiado ocupado intentando averiguar “¿cómo está esta persona conmigo?”.

Y eso hace muy difícil simplemente estar.

Porque para poder ser tú mismo necesitas sentir que no tienes que monitorizarte constantemente. Que puedes hablar, reírte, enfadarte, necesitar cosas, equivocarte o poner un límite sin estar esperando inmediatamente las consecuencias.

No es que seas demasiado sensible: aprendiste a estar alerta

Cuando esta hipervigilancia lleva muchos años presente, es fácil pensar que el problema está en ti.

Pero muchas veces hay una historia detrás de esa forma de funcionar.

Si durante tu infancia necesitabas estar pendiente del estado emocional de los adultos para saber si estabas a salvo, tiene sentido que tu sistema haya aprendido a prestar mucha atención a las señales de peligro.

No significa que quieras vivir así.

Significa que aprendiste a hacerlo porque en algún momento necesitaste hacerlo.

Y aunque ese estado de alerta pudiera ser útil entonces, no tienes por qué permanecer en él para siempre.

Salir del estado de alerta

Trabajar la hipervigilancia en terapia no consiste simplemente en decirte que dejes de preocuparte o que “te relajes”.

Implica comprender de dónde viene esa alerta, aprender a reconocerla y trabajar progresivamente para que tu cuerpo y tu mente puedan experimentar que ya no necesitan anticiparse constantemente a lo que va a ocurrir.

Cuando esto se trabaja, puede empezar a aparecer algo que quizá durante mucho tiempo resultó difícil: la posibilidad de respirar sin estar pendiente de todo.

De estar en una relación sin analizar cada gesto.

De hablar sin calcular cada palabra.

De disfrutar sin preguntarte cuándo llegará el problema.

De poder ser tú, en lugar de estar constantemente intentando ser lo que crees que los demás necesitan de ti.

¿Te resuena?

Si te identificas con esto, que sepas que la hipervigilancia y las consecuencias del trauma complejo se pueden trabajar en terapia. En mi equipo online tenemos algunos huecos disponibles, desde una perspectiva integradora y especializada en trauma, regulación emocional y sistema nervioso.

Y si ahora mismo no puedes acceder a terapia, en mi libro «No es un monstruo, es una herida» encontrarás información y herramientas que pueden ayudarte a comprender mejor lo que te ocurre.

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